OXÍGENO DE GARRAFÓN. PAISAJES REPARADORES.



Paisaje reparador. Valladolid desde mi bici

Me asomo al CAMINO hoy, con falta de sueño y con la cabeza navegando todavía por una  sensación de desasosiego, de resaca emocional, como si me hubieran dado oxígeno de garrafón en cada esquina en la que mi vigilia se ha detenido, por la que ha pasado sin preguntar, ni contar conmigo.
Pero no me va a detener, no puede, tengo mis recursos. Empiezo a caminar buscando serenidad en los paisajes que me reconfortan, en aquellos lugares guardados a cal y canto que me reparan. 
Paisaje reparador.
Sí, me reparo constantemente, lo sé. Me sumerjo en aguas tibias. Buceo en  un mar positivo, de oleaje justo y ajustado. No me importa reconocer mis heridas –mis miedos- pero para curarlas, no para arrastrarlas o que me arrastren, como lastres, a un fondo tóxico de retorno dudoso.
Hay un paisaje, un recuerdo al que recurro muchas veces. 
Las mañanas de verano de mi infancia, saben a agua, -salada o dulce, pero agua al fin- a ejercicio, a energía. Al volver a casa  -un espacio en orden, en silencio y cálido-  la mesa nos esperaba puesta, llena de bocados estupendos. El comedor a oscuras, para conservar  un frescor que en la calle  era batalla perdida. Sobrevolando por encima de todo y todos, mi madre, su manera de hacer y querer, de abrigar, de cobijar. 
Ella, siempre, hasta las últimas y peores consecuencias.
Y en ese paisaje, que hoy no tengo, en esa oscuridad fresca y oportuna, en la mesa llena de color y sabor, en la ternura de la espera con todo apunto, en la vida compartida, en las necesidades cubiertas,  me acurruco y me calmo. Aprendo y sigo más en paz.
Esa es la idea.  


Paisaje reparador.






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