CORRO. SALTO. CORRO.



Estoy cansada. Muy cansada.
Esta carrera de obstáculos en la que yo no me he inscrito, poco a poco, mina mi natural e inagotable entusiasmo. Está dejando sin  resistencia ni recursos a la más tenaz corredora de fondo.
Un día y otro y al siguiente, saltando por encima de unas vallas que ni siquiera tiene la misma altura. Correr sin saber dónde está o si hay meta alguna,  es agotador. Un esfuerzo sin fin. Sin finalidad. Sin  término.
La tentación: otra lucha en paralelo. Lo dejo. Lo dejo. Es aquí donde lo dejo, sí. Es ahora. Pero el valor, no llega. Miedo y más miedo que las dudas, como un mal sueño,  agiganta.
Luego, te quedas sola,  a oscuras y sola. Más sola. La compañía es carísima, insostenible.
¿Quién eres? ¿Quién eras? ¿Por qué estabas tan segura? ¿A qué o a quién o dónde te sujetabas? ¿Qué hacías? ¿Cuál era tu vida? ¿Qué te hacía sonreír? ¿Qué te gustaba hacer? ¿Qué creías? ¿Por qué creías? ¿Qué estas haciendo? ¿Lo está haciendo? ¿Se hace así?


Corre. Corre. Corre. Sigue corriendo, ¡salta!
Esfuerzo. Tesón. Ánimo. Paciencia. Fidelidad. Escribo una y otra vez un curriculum  imaginario, una letanía, una lista de razones, un rosario de refuerzos, apoyos, muletas que hasta hace poco eran eslabones de mi parte invencible, triunfadora, acreditada. Parte del éxito, del camino que estaba más cerca del fin que de cualquier otro sitio  imaginable. Menos aún,  de un inicio a las bravas, de un  desalojo de  mi misma. 
Etapas, aprendizajes, decisiones, apuesta, constancia, constancia, constancia, fortaleza, seguridad... ¿y? 
Nada. Me han extirpado la vida, pero nada.  
Nada. 
Nada.
Nada.
Sólo, que estoy muy cansada. 
Corro. Salto. Corro. Salto...






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